El Valle de Sangla no solo me sorprendió, el Valle de Sangla fue un maravilloso descubrimiento en esta Aventura en los Himalayas.

Por fin hablamos conseguido escapar del calor de Nueva Delhi, también superado la montaña que separaba el continente de la montaña, en Risikech. Poco a poco el ruido del tráfico se iba suavizando, también el trasiego de vehículos llenos de mercancías, los gigantescos camiones llenos de pinturas de colores y frases como “Please Blow” en su trasera. Poco a poco la montaña crecía ante nuestros ojos. Pilotábamos en un ascenso eterno, subiendo puertos cada vez más revirados con los cañones más profundos. Las carreteras comenzaban a cambiar el asfalto por la tierra, a estrecharse. Otras estaban arañadas a la piedra formando casi túneles por los que nos deslizábamos divirtiéndonos, adelantándonos, disfrutando de nuestras motos.

 

Foto: Iván Monagas Studio

El equipo de Motoverlanders resultó homogéneo a la hora de rodar. Siempre desorganizados hasta que la cámara se encendía, entonces, como por arte de magia, todos nos compenetrábamos, cambiando las posiciones en la fila, saludándonos al rebasarnos. Pasadas delante de la cámara, con el don encima, por el puente, entre los árboles, curva a curva. Siempre bajo las órdenes del equipo de grabación, como en el colegio, sumisos y ordenados.

En el camino encontramos muchos tipos de puentes. Los más comunes de acero y planchas metálicas que sonaban cuando pasábamos con las motos. Enormes puedes de fuertes vigas que contrarrestaban con otros de madera y cable, los llamados “puentes tibetanos” muchos más frágiles en apariencia. En alguna ocasión cruzamos con las motos. Era algo que nunca había hecho, cruzar por un puente suspendido sobre un río de aguas rápidas y mucha roca. Unos puentes sujetos por cables a los lados y con un piso de tablas de madera o metálicas que dejaban ver entre ellas el salto al vacío.

Unos puentes que mecía el viento hacia los lados, igual que las banderas de oraciones budistas colgadas sobre ellos y que a nuestro paso sumaba otro movimiento más, hacia arriba y abajo. Cruzar estos puentes ha sido muy emocionante, te hacen sentir frágil y pequeño. Te hacen superar los miedos. Y te hacen comprender la fuerza de la naturaleza de estos valles, de sus rocas y picos, el viento y el agua.

El valle de Sangla es un remando de paz justo antes de Spiti. Es un valle lleno de vida, verde, con manzanos, cerezos y templos de madera policromada y tallada por manos expertas. Tienen una influencia tibetana enorme, quizás ese es su origen, además de china, con dragones que son guardianes de lo que dentro de ellos se esconde. Según avanzamos cambian los medios de transporte, estas mulas están adaptadas a los escarpados caminos en cuesta.

Foto: Iván Monagas Studio

El valle de Sangla se encuentra en el distrito de Kinnaur (Himachal Pradesh), a unos 500 km de la capital India y ha estado cerrado al turismo durante muchos años debido a la cercanía con las fronteras Tibetanas. Se extiende sobre un área de más de 40kms,rodeado de montañas nevadas que son presididas por su pico más alto:  el Kinner Kailash. El río Baspa fluye a través del valle dando la vida a manzanos, cerezos, huertas y prados durante los tres meses de veranos al año, meses en los que se retira la nieve y se abre el cielo.

Teníamos que grabar, hacer fotos, ver y explorar este delicioso valle, poco a poco me fui disolviendo con el paisaje, deseando probar la gastronomía, las frutas de este lugar. De charlar con la gente. La visita al pueblo de Sangla, los recorridos entre montañas llenas de verdes pinos y plantaciones de manzanos en las laderas, el ruido del agua que bajaba enérgica por el río, arrastrando  minerales, tierra y piedras que daban color al agua.

Foto: Iván Monagas Studio

De pronto me di cuenta; estábamos mucho más altos, dentro de las montañas, rodeados de picos inmensos, templos centenarios, una manera de ver la vida diferente, más tranquila. En el pequeño pueblo de Sangla había varios tipos de turistas locales y poca internacionales;  los montañeros y amantes del treccking que esperaban ansiosos subir por las faldas de las gigantescas montañas. Después de rodear una de las laderas por las que subimos nos encontramos con un grupo de motoristas. No tardamos en bajar de nuestras motos y charlar con ellos, la camaradería entre los motoviajeros siempre es muy agradable. Eran un grupo de australianos, encantados con el yoga y la meditación con los que nos encontraríamos en otras ocasiones.

Los albergues, hoteles y campings se diseminaban aquí y allí, en un lado del camino, sobre una ladera, o más abajo, justo al lado del río. La tranquilidad y el pausado ritmo de vida fue contagiándonos poco a poco, mientras al dormir, respirábamos por fin y tras muchos días, el aire puro de la montaña.

Nos detuvimos en un gran mercado que nos daba la bienvenida a esta nueva forma de vida, a esta nueva cultura. Allí pudimos comprobar qué tipo de cosas se necesitan para sobrevivir los largos inviernos en estas montañas, las frutas y verduras que la primavera regalaba en los campos y la cantidad de artículos “made in china” que llegan por la proximidad de las fronteras. Me encantó ezclarme con el barullo de gente bajo una carpa, oler las nuevas especias y fijarme en las distintas vestimentas de hombres y mujeres.

Atrás había quedado el estrés de la ciudad, por fin todo el equipo estábamos en marcha, en la buena dirección, la de llegar en pocos días hasta la entrada de Spiti Valley. Pero antes seguiríamos por unos días disfrutando de este fértil valle. Las construcciones de madera, con los tejados en piedra y de una particular forma curvada, me permitían imaginar el clima invernal: la nieve lo cubriría todo y la efervescente vida del valle, se quedaría aletargada.

Samosas y pakoras, un hilo culinario que unía esta parte del país con el resto de India. Un tipo de comida rápida, para llevar, que pude encontrar también en el Valle de Sangla. Las samosas son unas empanadillas rellenas de patata, picante y guisantes, normalmente, que se fríen en abundante aceite de colza o girasol. Las pakoras  son verduras de diferentes tipos (coliflor, guisantes, judías…) rebozadas y fritas. Siempre las acompañan con alguna salsa aún más picante que su interior.

Siempre con tiempo para bajar de la moto y disfrutar de las gentes del camino, los locales que curiosos, bajan a recibirnos para entablar conversaciones a base de risas y signos. La complicidad con otras mujeres es algo de lo que siempre me valdré para aprovechar el tiempo con ellas, saber más sobre su forma de vida.

En los próximos días recorreríamos multitud de pequeños puertos, cruzaríamos varios puentes cada vez más altos y grandes, descubriríamos gentes diferentes, con los rasgos cada vez más achinados, tibetanos. El cansancio de los primeros días debido al calor y la tensión del tráfico, desaparecían.

Las mañanas comenzaban a ser frescas al igual que las noches, cada vez nos quedaba menos para pasar a recoger los permisos que nos darían la llave al Valle de Spiti, la entrada a otro mundo a más de 4.000 metros. El comienzo de la aventura dentro de la aventura. Estaba deseando conocer nuestro siguiente valle…

 

 

Foto: Iván Monagas Studio

Si quieres saber cómo llegamos hasta Sangla Valley pincha AQUI

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