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Después de estar más de un mes y medio en Japón, desde la Isla norte de Hokkaido hasta el sur de la isla de Tokio, sin hablar japonés y muy mal inglés, he redactado este “decálogo” para animados a que visitéis este gran país, una cultura diferente que me ha permitido volver a sorprenderme. Espero que os guste e incluso, que os sirva…

1- ¿Dónde duermo? Lo mejor es contratar a través de alguna aplicación móvil el hotel antes de llegar, no vas a reconocer la palabra HOTEL en muchos establecimientos. Prepárate para utilizar el futon. Es un fino colchón que se despliega en el suelo, se le pone una sábana bajera y se cubre con un edredón. En estos hoteles japoneses, tu misma te haces la cama.

2- Nunca entres con el calzado en ningún sitio, siempre verás una zona seca para descalzarte y guardar tus zapatos, ojo con los rotos en el calcetín. En algunos lugares existen taquillas con llave donde guardarlos, no te fíes y apréndete el lugar exacto, después de unas cervezas leer números en japonés no es muy fácil.

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3- Si no sabes leer japonés, es complicado pedir la comida, apréndete varias palabras como “sashimi o sushi”, pescado crudo con arroz, “teriyaki” brochetas de carne de pollo o ternera. “Nave” sopa con vegetales y/o carne o pescado. Además de cualquier tipo de “Udón” que son fideos, se sirven fríos, calientes con caldo o secos.

4- No cruces a lo loco, mira varias veces ya que conducen por el lado contrario a nosotros. Utiliza los pasos de peatones adecuados, los japoneses son muy correctos y está mal visto cruzar por cualquier lado.

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5- Aprende a utilizar los palillos, en la mayoría de lugares no existen los cubiertos.

6- Las puertas son correderas y la mayoría automáticas, mira bien antes de intentar pasar, normalmente, con apretar un botón, se abren.

7- Curiosidad: se puede fumar en la mayoría de los establecimientos a no ser que expresamente se indique lo contrario.

8- En las gasolineras se paga antes de echar combustible y debes saber más o menos, cuantos litros quieres.

9- Cruzar los brazos delante de la cara significa “no”o “lleno” si estás en una estación de servicio.

10- Tu generas basura, tú te llevas: no hay papeleras públicas, en los MiniMark, 7Eleven o similares hay papeleras clasificadas para el reciclaje, las colillas no se tiran al suelo nunca.

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11- Puntos de Wifi: la mayoría son de pago y muy caros, pero en los establecimientos antes mencionados, te registras con una cuenta de Fb una vez y podrás conectarte cada vez que pases cerca.

12- Comer barato: lo mejor es ir a los mercados, pero si no te animas, en las estaciones de tren o metro, hay cientos de lugares. Elije los que tengan fotos, es más fácil saber qué vas a comer.

 

13- Viste como quieras, en Japón todos te respetarán, vayas como vayas (ellos no son un dejado de estilo, la verdad).

14- ¿Quieres comprar un kimono? Puedes hacerlo por 2.000 yenes si es de algodón en tiendas de ropa de casa. Si quieres uno de verad lo mejor son las tiendas de segunda mano, desde 1.000 yenes a 10.000. Las tiendas están algo escondidas, entra en todas las galerías que veas. En Kyoto es más fácil que en Tokio.

15- Camina, disfruta, alquila una bicicleta (en algunos hoteles por 500 yenes/día y una fianza) son eléctricas y es lo mejor para moverse por las ciudades. Come todo lo que veas y no dejes de ir a un baño típico: Onsem, eso si, sin complejos ni tatuajes que están prohibidos.

16. Cuando vayas a pagar, deja el dinero en las bandejas para el caso. Entrega las tarjetas (y las de visita) con la punta celas dos manos a modo de ofrenda. Nunca estropees los billetes, es de muy mala educación.

 

pisteando el Gobi

 

Ulán: Rojo

Bator: héroe, guerrero

Hoy por fin os escribo, la verdad que no me había dado el tiempo, ni tenía claro qué es lo que iba a contar…. Esto de escribir para varios blogs es lo que tiene, que te quedas sin masa gris, sin ganas de repetir lo mismo una y otra vez…sin saber qué puede ser interesante de todo lo que sucede.Pero en realidad hay mil cosas interesantes y como me decía sabiamente Andrés, me debo tomar mi tiempo…y es algo que me cuesta y no lo hago.

Cruzar Europa para llegar a Rusia fue bastante aburrido sobre la moto, aunque como íbamos gente desconocida, tenía el aliciente de conocerles y así fue, gratas sorpresas.

Cruzar Rusia hasta Kazajistán fue aburridísimo sobre la moto: carreteras en línea recta y mucho tráfico de camiones, pero aún no nos conocíamos bien y las historias de cada los que componían el equipo de Héroes del Gobi, hacía que todo fuese más divertido. Cruzas Kazajistán no estuvo mal, sobretodo por las mil carreteras desconchadas que obligaban a no dormirse y jugar a no meter la rueda en algún boquete más grande que la moto. Entretenido ya que me encontré con Lucciano y Enmanuelle, italianos, con lo que compartí este camino y con los que pude rodar a ritmo de dos ruedas. Mucho mejor al menos para mi, que el ritmo de las cuatro.

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Al final de Kazajistán fue muy divertido: un día y medio de of road que me puso las pilas sobre Ulán (así he bautizado a esta F700GS roja) y comencé otra vez a darme cuenta de los desentrenada que estaba sobre tierra. Aún así, y con mi Conti Trail Attack, superé con éxito las facilonas pistas de tierra dura de esta parte del país.

Kazajistan of road

El viaje continuó y continuó sin descanso hacia el este. Pasamos de nuevo la frontera con el país Ruso para adentrarnos en la parte asiática del continente. Es divertido ver la mezcla de razas y estilos que habitan las tierras kazajas, es como mirar el todo de un solo vistazo en cuanto a costumbres, religiones y caras diferentes.

chicas kazajas

Rasgos asiáticos, caucásicos… todo en uno, pasa volver a Rusia y encontrar de nuevo la monotonía en las caras. Lo que no nos pasó inadvertido fueron las mil y una bodas de Kazajistán, gente muy joven celebrando una boda y otra en una plaza enorme al puro estilo socialista, ¡casi nos invitan a un banquete! Pero al final con unas fotos y un poco de conversación, había una chica que hablaba español, pudo servir. Es increíble lo jóvenes que eran, con unos coches de alquiler llenos de lazos y flores y la música a todo volumen.

Las ciudades de estilo soviético son todas iguales, grandes plazas que te hacen ser pequeño, mucho cemento y casas que aunque tengan dos años, parece que han pasado más de veinte desde que las construyeron. Pero en Kazajistán la gente sonríe por la calle, cosa que en Rusia parase que les cuesta mucho más. ¿Será por la mezcla de sangre y de culturas?

Altai Mongolia pista y vacas

Y por fin vino lo mejor, llegar a Mongolia. Y es este país en el que he hecho la parte más divertida y dura del camino. Un viaje de casi diez días por un desierto enorme. Un desierto vestido con sus mejores galas, lleno de plantitas verdes que daban de comer a camellos, vacas y caballos en sus grandes y amplias vistas. Casi, en vez de llamarlo desierto del Gobi, lo llamaría prado del Gobi.

Pero no todo era fácil, las pistas de graba dieron paso a otras más rápidas que desembocaban en grandes planicies de arena. Cuando la arena desaparecía lo que encontrabas era la piedra batida, enormes piedras cortantes que daban miedo y si eso no era poco, el maldito tulé-ondulé hizo que se me cayeran los empastes, aunque eso si, esta vez mi moto volaba más rápido que los dos coches del equipo, ya que a más de 60 km/h este tipo de corrugación ni se nota.

En contrapunto el río grande hubo que pasarlo sobre un carro, ya que la fuerza del agua y el desigual suelo de piedras enormes no lo hacían seguro ni para Ulán ni para mi.

El Gobi  comida en gerz 11

Hubo momentos tiernos y divertidos, como el día que decidí pasar del picnic que mis compañeros preparaban cada día y lanzarme a la aventura: me metí en un ger que son las casitas circulares típicas de esta cultura nómada, a pedir que me dieran de comer. La cosa fue muy larga, pero me permitió enterarme de muchas cosas: La alimentación básica de estas gentes es la carne y la harina. Carne de cordero, en sus mejores casos de caballo, con la que se alimentan al partirla en mil pedazos (sin quitar nada de lo que nosotros quitaríamos como gordo y grasa) y mezclarla con agua hirviendo en un wok gigante. Cuando ha dado un hervor, le echan los fideos. Estos están hechos como si se tratara de masa para pizza, solo que cuando está la masa ya lista la pasan por encima de la estufa y después lo cortan en tirillas más o menos anchas y al agua hirviendo. Ni sal, ni especias…es una sopa de carne de cordero con gusto a cordero aguado que ni fu ni fa. Pero que para ellos es muy importante. Yo pagué y comieron todos.

Tardé una hora y media en comer, se me había pasado hasta el hambre y estaba además, muy caliente. La familia estaba formada por una madre, dos pequeños y otro hijo de unos veinte años. A ese gerz vinieron dos hombres, uno a hablar y otro a por Vozka, que ella le vendió y que él guardó bajo su vestimenta.

La falta de organización e higiene me hizo auto convencerme que lo que hierve, está limpio. Tenía la tabla de la carne junto al orinal, varios baldes donde el agua se va reciclando por usada: de beber a lavar las manos, de ahí el mismo agua para lavar el wok….no quise saber más sobre el agua.

 

con los niños de Nalajh

Tenía muchas ganas de encontrarme con Álvaro, la persona que se encarga de una gran familia de niños mongoles a los que ayuda con sus manos y cabeza. Quería ver por mi misma lo que pasa con estas familias y cómo es esta sociedad mongola, que da la espalda a los que viven más allá de la capital. Para eso hemos recaudado fondos, la verdad que más de lo que me esperaba, para estos niños a los que hoy entrego el dinero y unas gafas de sol que Adidas Eyewear España me ofreció. Unos niños que viven sin agua corriente, entre mayores alcohólicos, unos niños que tienen que ocuparse de sus hermanos pequeños sin supervisión de un adulto, de hacerse la comida…y en el peor de los casos de acudir a las minas a sacar carbón para poder calentarse. Y se me cae el alma a los pies y vuelvo a dar las gracias por nacer donde lo hice. Y deseo con todas mis fuerzas que les vaya mejor y que alguno de ellos, con este dinero consiga salir de ahí y ayudar a los demás.

 

Y mientras todo esto pasa ajeno a mis deseos, he de preparar otro trayecto, el que me llevará hasta Hokkaido y Tokio, en Japón. Una parte del viaje mucho más relajada, en la que espero poder transportaros al lejano oriente y que lo disfrutéis tanto como yo.

 

Alicia conversando con dos locales, camino a Dongola

La capital de Sudán es grande, ruidosa y contaminada. 
La llegada a la ciudad fue de traca, para empezar a la BMW 1200 es arrasada por un camión.  Y yo mientras tanto, tres coches más atrás, acojonada, sin poder bajarme de la moto y sin saber qué hacer. Al final consigo acercarme hasta el accidente y compruebo que no ha sido nada más que un golpetazo. La 1200 está de nuevo en pie y avanzando.  Paramos a comer fruta, tenemos hambre, sed y calor y el maldito GPS nos mete por el centro de la ciudad, haciéndonos sortear agujeros, coches, motocicletas, y algún que otro carro de tracción animal. Mientras mi compañero negocia el precio de una sandía en dólares (no tenemos ni una moneda más del país) a mi me hacen un corrillo. Unas chicas se hacen fotos conmigo, otros me las hacen desde la acera, las señoras me miran extrañadas y los jóvenes me dicen que cosas de las que me alegro no entender ni jota. Por fin la fruta, una sandía, naranjas…que sed.

Llegamos al camping recomendado por otros viajeros, es barato y tiene un “cibercafé” con aire acondicionado donde nos pasamos el día. En Jartum conseguimos en una mañana la visa para Etiopía, que nos cuesta 20 dólares. Aquí son muy pejigueros con la moneda americana, tiene que ser billetitos nuevos, llevo con uno de 20$ un poco roto desde el comienzo del viaje y no hay manera de pagar con él. Luego tienen su moneda zarrapastrosa, casi sin dibujo de lo sobada, pero eso les da igual. En fin. Tres noches en el camping oyendo la dichosa llamada a la oración desde las 6 am hasta las 5 pm, acaba volviendo loco a cualquiera. Si además se colocan frente a tu tienda todas las mañanas un grupo de charlatanas, peor. Pero sin no puedes salir en pantalón corto ni a darte una “ducha”…la cosa cansa. Al ser un país musulmán las normas de decoro sobretodo con las mujeres, son muy estrictas. Nos han dejado acampar en una zona separada del resto de campistas. En realidad el camping es una especia de campamento de chicas y chicos, perfectamente separados unos de otras. En todo Sudán, cuando hemos intentado ir a un hotel, nos han pedido el libro de familia y como ni estamos casados ni somos pareja, no nos han dejado pagar solo una habitación. Tienen que ser dos, separadas. Esto nos obliga a ir de camping ya que no tenemos dinero, yo al menos, para pagar sola una habitación.

Y para rematar la estancia en el camping, la segunda noche se cuelan unas diminutas hormigas por el agujerito entre las cremalleras de mi tienda y se vienen de expedición por mi cuerpo, no os imagináis la sensación de tener la piel llena de hormiguitas casi microscópicas campando a sus anchas entre mis poros. Casi me da algo, primero por la pesadilla que tenía mientras dormía y después cuando me desperté siendo parte de un hormiguero.

Tabule y humus

Tabule y humus

¡Cristal y cubiertos, viva la occidentalidad!!

Siempre me ha gustado comer con las manos, o eso creía. Claro, que una cosa es comer marisco, pelar gambas y chuperretear las alitas de pollo y otra es comer todo con las manos, ayudado por un poco de pan blandito. Primero hay que lavarse bien, con la cantidad de porquería que hay en todas partes, cualquiera se lleva la mano a la boca y menos con comida!…pero como no hay agua en todos sitios… Luego comer así, con la manaza, con tres dedos, como sea, pero no valgo para eso, acabo con churretones como una niña pequeña y de grasa casi hasta la muñeca. Lo paso fatal, como mal y me pringo.

Por eso ir a comer a un sitio con servilleta de tela, cubiertos y vasos de cristal me pareció un sueño. Comí pescado con salsa picante compuesta por cebolla, tomate, pimiento y adornada con alm

endras. Judías verdes y coliflor, junto con patatas fritas a las que no hice ni caso. Tabulé y humus. ¡Todo con cuchillo y tenedor! bebí agua cual camella en el desierto por el simple placer de acercarme a los labios el suave y delicado cristal. Use el lavabo tres veces, me miré en el espejo y tiré del rollo de papel higiénico por tirar.

Volvimos a cenar a un hindú, misma historia. Hubiese estado genial poder regar todo con cerveza o vino, está claro que la felicidad completa no existe, pero esa me sirvió igual. No pude porque Sudán es un país musulmán “de toda la vida de Ala” y el alcohol está prohibido. Al menos en público.

tomando café bajo acacia 2

Tras tres o cuatro días en Jartum,  salimos hacia Etiopía, el camino es monótono, con desierto a ambos lados de pronto, comienza a cambiar y el arbusto “bush” que invade toda África se adueña del campo, la tierra comienza a ser de color tostado, hay bebederos para animales en los bordes, canales de agua con niños bañándose, rebaños de vacas, cabras y camellos.

Se nos hace de noche y tenemos que acampar. Lo hacemos cerca de una ancha pista. Cuando estamos durmiendo, comenzamos a oír extraños gruñidos, salimos alarmados. Es un gran rebaño de camellos, unos 300, con sus crías y varios hombres que lo dirigen, impresionante. Por la mañana salimos pitando para la aduana.

¡Una cerveza, por favor!! 
Llegamos a la frontera, su paso no fue muy pesado, salir de Sudán nos costó dinero, pero entrar en Etiopía no. Mientras esperamos a que abran la última de las oficinas de importación, nos tomamos la primera cerveza fresca en varias semanas. Que bien haber salido por fin de los países musulmanes, adiós tierra seca y desértica sudanesa, hola, fértil y verde Etiopía.

 

Ya sabes, compartir es vivir y me haces un gran favor si le cuentas esto a tus amigos. Gracias.

 

 

 

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Ya finaliza este periplo del Desafío Carreteras Míticas. Han sido días de trabajo, grabaciones y fotografías, de charlas y ayuda social, como no. Esto de la ayuda social es una manera de poder devolver al viaje todo lo que me da. Doy conferencias en albergues, hospitales o residencias; siempre para hacer pasar un buen rato a los que tienen menos posibilidades que yo, para abrir muchas veces, una ventana a otros mundos y animar a descubrir, a salir de lo cotidiano que muchas veces puede ser una cárcel. Tras la charla en Lima con la ONG Padma (Ayuda a mujeres maltratadas) cierro este ciclo en América del Sur. El viaje de vuelta acaba de comenzar.

Panamericana Chile

Para bajar a Santiago de Chile hay una larga y aburrida ruta, la 5, donde los peajes y la línea recta producen un hastío increíble sobre la moto. Pero como en toda esta parte del gran continente, hay mil maneras de llegar al destino. En este caso, atacaré las secundarias lo más pegada a la costa posible y así descubrir unos lugares de ensueño: el Parque Nacional Pan de Azúcar y Punta Choros. Para llegar a estos lugares, desconecto el ABS y el control de estabilidad de mi F700GS, ya que el firme es todo de tierra. En algunos lugares la tierra parece asfalto, pero es un efecto que dejan las gomas sobre el suelo cuando está seco. Los carteles avisando que con humedad es resbaladizo, no hacen más que confirmar lo que sospecho: con lluvia esto se convierte en un gran barrizal. Gracias al cielo, este luce azul y brillante, sin rastro de nubes. Comienza la pista y los ojos se me van haciendo más y más grandes. El paisaje es espectacular, marciano, o mejor dicho, venusiano, con laderas, colinas y un río de barro que discurre paralelo a la pista. De la llanura inmensa a las subidas reviradas y siempre tierra. Las TKC80 de Continental hacen perfecto contacto con este tipo de terreno y se nota que están en su “salsa”, el tacto del manillar es increíble y me permito, incluso con la moto cargada, dar gas y abriendo la visera de mi casco, me dejo llevar por el viento.

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 Los colores ocres y casi negros contrastan con las verdes plantas que crecen alrededor de los bordes del camino. Al fondo se divisa un mar azul oscuro, con pequeños borreguitos blancos. En menos de una hora, estaré respirando el yodo que regala este océano. A mi lado de nuevo la F800GS azul que Andrés pilota con una perfección hipnótica. Nos hemos reencontrado tras algo más de una semana. Para mi, rodar a su lado es una delicia.

Llego a un lugar, una pequeña población de casitas de madera subidas sobre pequeñas columnas del mismo material. Una hilera de “guinchos” (lugares con tejadillo y una barbacoa de obra) sirven para que turistas, mochileros y nosotros, pongamos la tienda de campaña para pasar una noche cerca del mar. Tan solo hay un lugar para comer, que por cierto resulta carísimo, pero esta vez me lo permito y paso de los fideos que me cocino en el pequeño fuego-cocina que utilizo en estos casos. Como no, negocio el precio del guincho por una noche y me ahorro un poco más de lo que pensaba. Dormir en tu tienda, junto a la moto y cerca del mar es una de las cosas más placenteras que existen en este mundo. Un perro del pueblo se acopla en la entradas de mi tienda, tengo guarda toda la noche.

Acampada Punta Choro con mi amigoperro

 Por la mañana comenzamos el camino por la costa hacia Punta de Choros. El paisaje se transforma en lunar y los miles de caminos que pasan cerca de la gran  pista por la que transitamos nos tientan. Por fin entramos en uno de ellos, a  un kilómetro de la orilla y el suelo aparece lleno de conchas, una extraña roca, con forma de ola petrificada, llama nuestra atención. Este hubiera sido un perfecto lugar de acampada.

Fotos y más fotos, al final, es lo que queda en la retina del recuerdo virtual. Salimos de esta pista y continuamos el camino. Relentizo mi marcha al distinguir unos zorrillos cerca del camino y acabo por apagar el motor. Se acercan, descarados a curiosear, esto me permite fotografiarlos a mis anchas. Una subida, bajada, curva y contra curva. Desde lo alto se distingue la inmensidad de este desierto que para una moto de Trail como la mía, se me antoja el paraíso.

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El parque Nacional Pan de Azúcar debe su nombre a una de las rocas que sobresale al mar, utilizada durante miles de años como casa de las aves (gaviotas, pelícanos y cormoranes, entre otras grandes) dejando con su guano blanca la roca y sirviendo en la antigua guerra con Perú de punto de encuentro “secreto”. Salimos del parque y continuamos por una antigua carretera paralela al mar. Aquí hay playas desiertas increíbles, gigantescas y salvajes. Cerca de la población más grande hay una inmensa bahía de fina arena blanca…y ¿verde?. Las sustancias tóxicas de la minería que existe hacia el interior ha contaminado esta hermosa playa que luce un verde venenoso en su arena, imaginando lo que puede haber debajo. Una pena de paraíso destrozado por la avaricia y el poco respeto al medio ambiente.

Punta Choro Puerto Chile

 Pero poco a poco esto se aleja. Visito Bahía Inglesa, una preciosa playa de blanco suelo compuesto por millones de trocitos de conchas y coral. Las gafas de sol son imprescindibles para contrarrestar el reflejo del Astro Rey en el suelo níveo.  Este lugar era uno de los balnearios favoritos de las clases altas chilenas, que poco a poco se han ido transformando en populares.  Desde aquí ya no queda nada para llegar a un pueblo hippy, con sus calles de arena, un pequeño puerto que ahora acoge a los turistas interesados en visitar las aves y focas que viven en las rocas cercanas. Con los neumáticos de tacos, circular en la arena no es nada complicado, me gusta el tacto y de nuevo disfruto del terreno.  La primera parada, en un camping pegado al mar. Otra vez sueño feliz con las sirenas y los pesqueros, siempre en mi sueño, en un mar tranquilo y transparente.

A la mañana siguiente una gran sorpresa, un amigo de Andrés nos invita a su cabaña, desde ella, las vistas de Punta Choro son aún más espectaculares. Paseos en moto por esta zona y buen marisco, dan finalizado el viaje por las zonas off road. Al día siguiente vuelvo a la Ruta5, la Panamericana.

En unas horas estaré en Santiago y en otras tantas en Madrid.

Esta es la historia de la cena con el expresidente de Bolivia, a veces los viajes te permiten encontrarte con gente de todo tipo y en este caso, con un expresidente….

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Tarija, una región del sur oeste de Bolivia, llamada la “Andalucía Boliviana”, una tierra de flores, viñedos, palmeras, sauces y con un río enorme que se llama Guadalquivir no ha dejado de sorprenderme ni en el momento de marcharme. Más que nada, porque he tenido que dar la vuelta con mi flamante BMW cargada hasta los topes a unos 150 km de allí camino a Santa Cruz. Un río desbordado de más de 10 metros de ancho cortaba la pista (no he querido ni saber la profundidad). Así que gracias a la lluvia he vuelto al hotel del matrimonio de Mónica y Christian (Los Ceibos, un cuatro estrellas magnífico) donde tan amablemente me invitaron a hospedarme, volviéndolo hacer. Ahora diluvia fuera de la habitación y la piscina azul se va a desbordar también, igual que el río. Lo bueno de esto es que me da tiempo para escribir y contar lo que ha sido una visita a un ilustre presidente. Anoche, fui invitada a pasar una tarde con Jaime Paz  Zamora, Presidente de Bolivia del 1989 al 96.

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Para llegar al Picacho (es la piedra de la foto), la hermosa casa de la familia Paz, hay que atravesar dos pequeños pueblos desde Tarija. Uno de ellos, San Lorenzo, tiene una curiosa historia; la mayoría de sus habitantes son pelirrojos. Esto es muy extraño aquí, donde la tez morena y el pelo negro es la tónica general. Unos dicen que fu el legado de un cura español (¿pelirrojo?, me pregunto mientras me lo cuentan con guasa), otros, dicen que son los descendientes de un grupo de irlandeses que batallaron junto a los españoles hace más de 200 años, esta teoría, me encaja más. Pasada esta encalada población giramos por un camino empedrado a la derecha. Al fondo una enorme puerta azul añil, perfectamente cuidada, nos cierra el paso. A su derecha un bonito cartel de bronce con un pájaro que reza: EL Picacho.

Para entrar, Rodrigo Paz  (hijo de Jaime y actual Presidente del Consejo de Tarija) aparca su BMW F800GS, empuja la puerta cerrada, nada. Se asoma por el muro de piedra y golpea una pequeña cabaña de madera, nada. Llama por teléfono a la casa, tras unos segundos de espera, nada.

Al final, tiene que saltar el murete cual jovenzuelo colándose en casa de su amada. Las puertas se abren y las dos F800GS y mi F700GS, Paca, entramos. El suelo empedrado al estilo portugués nos lleva entre unas casitas blancas llenas de buganvillas exultantes de flores violetas y rosas hasta una plazuela. Paramos los motores y bajamos. Dos chiquillos nos dan la bienvenida, son los hermanastros de Rodrigo, hijos de Jaime y su segunda mujer, mucho más joven que él.  Al instante sale ella, morena, fina, madre que riñe a los niños y los hace marchar. A su lado un hombre con un bastón (le acaban de hacer unas infiltraciones en la rodilla) con la cara quemada aunque ya son cicatrices antiguas. Sonriente nos da la bienvenida, nos ofrece su mano y yo le doy dos besos, a la española. Nos invita a pasar a uno de los patios de la casa.

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Esta casa,  El Picacho, tiene una bonita historia. Está a la orilla del Guadalquivir y la compraron a unos titiriteros que la ocupaban hace más de 30 años. En la restauración se encontró una viga con la inscripción 1832 (creo recordar) lo que la hace antigua, mucho, con más de 200 años y aunque a la orilla del río, está sobre piedra, por lo que se ha mantenido casi intacta, alejada de la humedad de la tierra.

En la terraza nos espera una mesa de madera maciza de una sola pieza, como otras que ocupan patios o estancias de la casa, muy apreciada por el Presidente, como lo llama el asistente de su primera mujer, Carmen Pereira que también nos acompaña. Mujer de la que podría escribir mil libros, gallega, viajada, vivida y amante, como yo, de los buenos caldos, activista en su época moza, guapa y muy inteligente. Nosotras conectamos el primer día y espero, volverla a ver y disfrutar de su compañía y sabiduría, es una mujer espléndida que guarda mil historias.

Sobre la mesa, vino blanco, pan de soda, queso  y varios jugos: de cebada tostada, típica de allí y durazno (melocotón). En Bolivia, como en casi toda América del Sur, son aficionados a los zumos o jugos, como los llaman ellos. La conversación comienza a fluir y Jaime se interesa sobre las visiones de Andrés, chileno que viaja a mi lado y la mía, sobre su país. Escucha atento. Mientras Andrés habla yo escudriño ese rostro, el de una persona que ha llevado la responsabilidad de todo un país. Me interesa saber el porqué de sus quemaduras y Carmen, en un momento en el que nos levantamos a visitar la hermosa casa, me lo cuenta. Fue el único superviviente de un accidente de avioneta (o atentado) en 1980 en el que viajaba el anterior vicepresidente.

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Su mirada es seria, inteligente y ávida de información, aunque ahora ya relajada por eso de no ostentar el poder o la obligación de tenerlo. Sigue hablando con nosotros mientras visitamos las estancias de la casa de altos techos y vigas de madera de una pieza, impresionantes. Su despacho está en un ala de la casa, una esquina privilegiada por las vistas al río, por dentro esta cubierto de madera, podría ser un camarote o un lugar para jugar al póker de manera clandestina. Una terraza en la parte de arriba con las hermosas vistas del río completan este lugar de dos plantas. Por todo el jardín y los patios hay poemas y frases que algo tiene  que ver con el lugar donde se encuentran. La casa es blanca, con buganvillas y jazmines, flores y palmeras con una tierra de cultivo al fondo para comida del ganado y la caballeriza. Por la vereda de este Guadalquivir, Jaime cuenta que hizo traer todo tipo de árboles creando un paseo mágico de pinos canadienses, japoneses, chopos, abedules, hasta un laurel del Vaticano…

Seguimos paseando por el perímetro de la casa pegada al río, el Picacho se contempla perfectamente desde aquí, es una piedra caliza enorme, en medio del río, curiosa rojiblanca. Allí se daban cita los guerrilleros cuando se dispersaban tras un ataque o una incursión en Tarija. Esa roca ha contemplado la historia de las luchas entre españoles e indígenas y más tarde entre criollos y españoles.

 

Continuamos caminando Andrés, Rodrigo y yo, unos cipreses me indican que ahí puede haber un Camposanto, pregunto a Rodrigo y me señala unas cruces, así es. Ahí descansa la familia Paz Zamora, dedicada desde sus bisabuelos a la política y a la defensa de sus ideales. Al final del paseo cerca de un gigantesco árbol con un poema a sus pies, una pequeña cripta con una cruz hecha con clavos largos en su interior. Es la tumba del hermano de Jaime, Nestor. Fue un guerrillero del Ejército de Liberación Nacional, muerto en las guerrillas de Teoponte el año 1969. Murió, según me cuenta su sobrino, de inanición escondido en las selvas al ser cercado por los soldados enemigos.

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La campana

De vuelta a la mesa pregunto por unas campanas que hay frente a nosotros colgadas de unas maderas. Jaime me cuenta que las tocan y que una, pequeña, tiene una historia: la compró en un puesto de la calle en Bélgica y cuando la fue a limpiar resultó ser de un crucero acorazado que sirvió durante la Segunda Guerra Mundial a la Alemania Nazi. Lo bautizaron con el nombre de Admiral Graf Spee, entre otras cosas, intervino en la Guerra Civil Española en 1936 y 37.  Tras un bombardeo con la armada británica en la Batalla del Río de la Plata en el 39, hizo escala en Montevideo para arreglar sus desperfectos donde por motivos de la guerra, fue echado a pique por su comandante, desguazado in situ. Aún hoy en día se pueden ver sus restos en esta costa, y su campana en el Picacho tras haber viajado de nuevo a Europa.

Sentados de nuevo en la gran mesa del patio principal Jaime nos invita a visitar el interior de la casa: las paredes están adornadas con bellos cuadros de pintores reconocidos y algo que me llamó la atención, piezas de la vajilla de Simón Bolívar (unos platos y fuentes preciosas de Limoge). También un espejo antiguo, decorado de cristal, de esos que tenían que traer en burro, según me contaba el anfitrión haciéndome imaginar en este caso, la responsabilidad del que llevaba al burro y descargaba el preciado objeto sacado del barco que llegaba desde Europa. De nuevo comenzamos una conversación en la que las preguntas más impertinentes por mi parte, son esquivadas con asombrosa naturalidad y elegancia.

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Por fin una en la que se explaya: ¿Qué se siente siendo Presidente?

Jaime contesta que es una gran responsabilidad y que se daba cuenta cuando viajaba en su coche oficial y veía por la ventanilla a la personas que trabajaba, tirando de un carro, yendo a pie hasta muy lejos, entonces, dice, es cuando me daba cuenta que era responsable del bienestar de estas personas anónimas y daba gracias por donde le había  tocado estar. Habló orgulloso de que su mandato fue tranquilo, sin muertes, tras muchos años de gobiernos con atentados, narcotráfico y accidentes políticos. Continuamos charlando y una pregunta sobre Estados Unidos se cuela entre la conversación. Jaime conoció a Bush padre, pero ahí termina la frase, no quiere continuar. Carme mete baza y explica algo de un espía .. nada, Jaime cambia de conversación.

Se ha hecho de noche, son más de las ocho y la pierna del Presidente pide descanso. Nos despedimos de la casa, del Picacho, de él. Ha sido un placer conocerle de cerca a él, a su ex mujer a su hijo Rodrigo y a su familia.

Gracias por la amabilidad en el Picacho, en Tarija…. volveré!

Alicia y su BMW trabajando en La Cumbre

Habíamos intentado cruzar el puerto una vez, pero la nieve no nos permitió el paso, y aunque hubiésemos pasado, no sabíamos si podríamos volver. Pero esta vez lloviera  o nevara, teníamos que pasar.

EL puerto de La Paz es precioso, y el el alto tiene una gran cruz. Allí las gentes hacen sus ofrendas a la Pachamama (a la Madre Tierra) y la verdad que te sientes tan pequeño en la inmensidad de esa montaña entre las paredes de piedra, con la nieve recién posada a modo de alfombra inmaculada, con las cascadas que caen del deshielo de sus cumbres más altas con forma de velos largos de gasa suave, que en bajito, para mis adentros, también di las gracias por permitirme contemplar semejante espectáculo, esta vez y a diferencia de la tarde anterior, sin nieve ni lluvia. Subí hasta la gran cruz respiré hondo, miré, contemplé y volví a bajar. Ahora si que si. Arrancamos las dos BMWs y salimos cuesta abajo adelantando autobuses y camiones. La carretera es, y lo repito una vez más, espectacular.

Disfrutando de las vistas de la carretera

Y seguimos bajando el puerto con una débil lluvia que no me provocaba aún ponerme los pantalones de lluvia, hasta encontrarnos un largo túnel que atravesamos despacio, y ahora si y ante la inminente salida a modo de cortina de agua en su apertura, parando dentro para ponerlos la ropa de lluvia. La niebla comenzaba a pegaste al suelo,  “niebla meona” como decimos en mi casa cuando la niebla moja mucho. Poco a poco el clima pasaba de seco a húmedo, de frío a más cálido y la vegetación se hacía densa y más verde. La carretera y sus puentes, uno detrás de otro, curva a curva, descendían dejando ver un enorme valle entre colinas. el color predominante el verde en todas las tonalidades, desde las más claras a la más oscuras sin dejar lugar al marrón o al negro. Unos metros más abajo se intuía un río, el que lleva todo el agua que hace que todo sea tan verde. La niebla subió (o nosotros bajamos lo suficiente) encontrándonos con el primer obstáculo del camino. La carretera tapada por un montón de tierra de un desprendimiento, mezclado con el agua de un arrollo vertical, produciendo un barro resbaladizo y nada recomendable, y menos (según lo veo yo) con los gigantes camiones que vienen de frente, las furgonetas de pasajeros a modo de microbuses cruzándose por detrás, delante y los lados, sin avisar y más y más agua corriendo por todas partes, por las huellas del camión que acababa de pasar o por las huellas imborrables de todos los vehículos que llenaban circulando por ahí desde el amanecer. Volví la vista arriba, abajo y le pedí a la Pachamama que no me atrajera al su embarrado suelo.

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La verdad, he de confesar que soy miedica hasta que me doy cuenta que mis neumáticos son geniales (unos Continental TKC80) y que mi moto no se cae,  y que puedo hacerlo,  y que si no me he caído ya en otros sitios peores…(mientras pienso todo esto, paso y ya está). Cuando termino repensar en todo eso, ya he pasado por el barro, esquivado los camiones, esquivado las furgonetas a modo de microbuses, pedido perdón por todos mis pecados y rezado partes de una oración e cuando era párvula que casi no recuerdo.  De nuevo en el asfalto que a tramos se convierte en un incómodo adoquinado de piedras extraídas de una pared no muy lejana, que pretender ser adoquines de extrañas y caprichosas formas y que no lo consiguen. Poco a poco y de nuevo cuesta arriba llegamos al cartel de “Corico”. A la derecha una increíble ciudad suspendida en lo alto de la montaña. Preciosa, multicolor y con pinta de alegre. Tanto descenso (de 4.680 m a menos de 1.000m) nos ha dado hambre, mi compañero (Andrés) y yo decidimos afrontar la Carretera de la Muerte con el estómago lleno, por lo que pueda pasar, que nunca se sabe y casi siempre pasa. Pero antes, gasolina. En la estación de servicio de la carretera no había (o no nos quieren servir, que ya es algo normal en nuestro periplo por Bolivia) pero como hay otra en la subida al pueblo nos vamos sin más problema, ni preguntar, pero al llegar a la gasolinera, unos conos advierten de no pasar (yo los paso, claro) y tras atravesarlos una mujer le dice a Andrés que no hay gasolina hasta el martes. Yo aprovecho para hacer una bonita foto del pueblo que cada vez se me antoja más bonito…y alegre.

Pues nada, no hay gasolina, vamos a comer y a ver qué se nos ocurre.

Mientras comemos pensamos en quedarnos, pero hasta el martes que se supone llega la gasolina (es sábado) nos sale más caro el hotel que la gasolina amperio de Europa. Desde Coroico hay unos 80 km hasta el puerto de la Paz, luego es cuesta abajo. Con mi gasolina, llego, pero la F 800GS que gasta un poco más y tiene un poco menos no nos arriesgamos a que se pare en el ascenso y  menos plan tenerla que remolcar en medio del puerto. Tras la comida buscamos una solución preguntando, que como dice mi madre, se llega a Roma. Y así nos enteramos que los taxistas guardan bidones por “si las moscas”. Nos venden unos litros a 10 bolivianos, más caros que el oro, pero no queda otra. Lleno 8 litros (suficientes) y por fin, llega el momento de recorrer una de las carreteras míticas del continente suramericano.

antes de caer en el vadeo

Lavando los calcetines en el río.

Si, así he comenzado esta carretera, empapada. Y lo peor no ha sido caer en un vadeo (profundo pero estrecho), no ha sido ver un cartel de “prohibido lavar vehículos” al lado de un camión que lo estaba enjabonando. No ha sido morirme de vergüenza ante la cámara, no ha sido cabrearme con Andrés que seguía grabando mientras mis maletas sumergidas en el río se hundían más y más…ha sido notar ese agua helada en mis dos botas y por ende en mis piececitos , como si hubiese querido lavar mis calcetines con ellas puestas. Y no es por mojarme y escurrir calcetín, es por los máximo de tres grados que hace en la ascensión hacia La Paz;  es por que mi moto lleva calienta puños, pero no plantillas calefactadas, es por que tengo un catarro, que ya no me lo quita nadie y eso que no fumo. En fin, que al rato se me pasa el cabreo, escurro en tres ocasiones los calcetines (para colmo, los más gorditos), escucho a Andrés darme una lección magistral de llevar siempre ropa de repuesto de mala gana (me hubiera encantado saber si él llevaba los dichosos calcetines de repuesto) y comienzo a disfrutar de esa sinuosa y estrecha pista de tierra y piedras con cataratas que te caen encima llamada Camino a los Yungas y reconocida mundialmente como Carretera de la Muerte.

En El Camino a los Yungas, secandose los calcetines

El camino es espectacular, pero no da tanto miedo como promete su nombre. Primero por los relucientes quita miedos de acero que hay en cada curva y después por la niebla que vuelve a ser compañera que no nos permite sentir el vértigo de los imponentes barrancos ya que no los vemos. Bueno, un poco de miedo si he pasado al atravesar alguna catarata y por no mojarme mucho arrimar demasiado la rueda a borde de la carretera, a unos centímetros de caer al vacío por no mojarme más de lo que estoy…Y glup! sin niebla, el barranco acojona. Y entre curva y cubra y banco de niebla, foto. Pocas, que empieza a diluviar. Así que disfrutada esta carretera mítica, pasada y repasada en un día de medio sol, llegamos a la carretera de asfalto, nos despedimos de los Yungas y volvemos a La Paz para continuar un viaje de una manera mágica: La Isla del Sol en el lago más alto del mundo: el Titicaca.

llamas en el camino

Entrar en Bolivia ha sido lo mejor que podía haber decidido en este viaje. Y aunque me queda mucho que descubrir de este país (la época del año no ha sido la mejor para visitar los pueblos del Amazonas, la Chiquitanía llena de iglesias barrocas de madera de las Misiones Jesuíticas, el tropical Santa Cruz…) he visto cosas muy interesantes y lugares mágicos como la Isla del Sol en el lago más alto del mundo, el Titicaca, he recorrido las pistas más increíbles entre montañas para llegar a los pueblos más alejados. He luchado contra el granizo y la humedad constante que la lluvia persistente ha dejado en todo mi equipo.  Esta vez, Bolivia me ha hecho abandonar por completo la “zona de confort” que pueda tener un viaje en moto y ha exprimido mi paciencia al máximo.

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Tarija

Esta región del sur ha traído la calma a un viaje duro para llegar hasta El Camino de los Yungas o Carretera de la Muerte. En Uyuni nos encontramos con Rodrigo Paz. En ese momento era un motorista más al que invitábamos Andrés y yo a compartir mesa de desayuno junto con el resto del grupo. Y con un café en la mano nos invitó a visitar su ciudad, Tarija, la Andalucía Boliviana. Sonaba muy bien y predecían unos días de sol y calor que yo ya escuchaba de menos y mi catarro necesitaba. Accedimos y salimos. El camino es muy largo, de Uyuni a Potosí y de este a Tarija. Cuando nos quedaba algo menos de 100 km ya era de noche, la carretera de ascensión de uno de los puertos estaba rota en algunas partes y yo aminoré la marcha hasta límites insospechados, hasta los coches me adelantaban, pero es que yo, de noche, no veo nada.

Como siempre que pienso que algo puede ser peor de lo que uno tiene delante, así fue. Y la oscuridad y la falta de asfalto dio paso a otra subida tremenda (el paisaje debía ser increíble) con curvas y contra curvas que al coronar la cima se tapaban por la espesa niebla que se pegaba al suelo. Pasamos un puente largo y la bajada fue mortal. Se que adelanté unas motos pequeñas porque vi pasar unas sombras, igual eran fantasmas de los motoristas que murieron intentando bajar ese puerto, pensaba yo para animarme mientras comenzaba a tiritar de frío.

hotel Los Ceibos, Tarija

en las cocinas de Los Ceibos con el personal

 

 

 

 

 

 

Llegamos pasadas las 12 de la noche, al hotel Los Ceibos (recomendado 100%). Conseguimos un sándwich que trajo un taxista y a dormir. Al día siguiente descubrimos una ciudad preciosa, llena de flores, parques y gente amable.  El matrimonio dueños de Los Ceibos, Mónica y Cristian son increíbles, nos alojan y ofrecen lo que está en sus manos. A cambio, como siempre utilizo esta moneda: la tortilla de patata o española, que si mi abuela me viera, me daría unos besos en la frente por lo bien que las hago ya. Una noche de viernes nos vamos a cenar a un mágico lugar “Pizza Pazza”, bailamos encima de las mesas y conocimos a sus dueños, otro matrimonio genial, boliviana y argentino que regentan uno de los garitos más locos de la vida social de esta ciudad.

Al final del acto, con el himno nacional de fondo

Al final del acto, con el himno nacional de fondo

Desde el Consejo del Ayuntamiento, Rodrigo Paz me hace llamar. El motorista de la BMW F800GS, es el Presidente del Consejo de Tarija, Jaime Paz, hijo del ex presidente de Bolivia y continuador de una saga de políticos bolivianos, que sorpresa. Quiere organizar un acto para reconocer mi hazaña dando la vuelta al mundo y hacerme visitante ilustre de su ciudad. Acepto encantada mientras Andrés organiza talleres de clown y teatro. el acto en la plaza frente al Consejo es genial. Como dice mi compañero, esa plaza es de película. Mientras preparan la zona donde se me haría el homenaje (el segundo contando el de mi ciudad natal, Madrid), unos autobuses estacionados en medio de la calle, explican al público las bondades del gas. Al otro lado, una manifestación de nos se que, se une a nuestro acto junto con la gente que observaba las nuevas tecnologías. El acto resulta muy emotivo y pese a que me encanta hablar, me bloqueo de la emoción cuando me pasan estas cosas. Me llevo un bonito recuerdo de ese día, me impresiona que las personas se preocupen en gente como yo. Me siego muy bien y feliz de que esto haya ocurrido. Gracias Rodrigo. Tarija nos lo da todo.

En la casa del Lago, con los músicos de Uno más Uno y Andrés Pérez

En la casa del Lago, con los músicos de Uno más Uno y Andrés Pérez

No nos dejaban irnos de allí, cosa que nos encantaba, pudimos visitar la casa del lago, con unos artistazos que tocan guitarra y cantan (Uno más Uno) y además son del grupo de motoristas de allí. Una casa colonial, con un hermoso patio interior y un cuidado jardín que da al lago artificial, hecho por una presa. Un lugar donde relajarse tras un bonito camino por el borde de la presa al que yo llegaba tras haber rodado una serie de consejos sobre Seguridad Vial para la televisión de allí. Una tiene que trabajar para seguir viajando, que no me regalan nada…

 

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Estuvimos en una bonita casa de campo de 1900 de otro de los amigos, donde aprendía a moler maíz a la antigua usanza, con piedra sobre piedra y de pie. El camino precioso, pasando por un cortado increíble que daba paso al río. Desde esta zona del Valle, los viñedos típicos de esta zona se sucedían uno tras otro. El vino de Tarija es conocido por unas uvas que crecen en altitud, un cuerpo rotundo y un sabor fuerte muy abrutado, ideal para las carnes que se comen en parrilla al estilo argentino 8están muy cerca de la frontera), una delicia para el gusto y un placer compartir con estas familias un poco de su vida.

 

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Tarija nos acogió sin dejarnos marchar, pero aún nos quedaba lo mejor que hacer: visitar las Aldeas SOS con el grupo de motoristas amigos, para llevar juguetes y un día de diversión a estos pequeños y no tanto que viven en esta ONG holandesa.   Tras este día entregado a los demás, decidimos que era el momento de salir hacia La Paz para comenzar a pensar en hacer el Camino de la Muerte, una de las carreteras míticas del continente sur americano, uno de los lugares más deseados de motoristas y ciclistas, por su complicado descenso o subida, pero sobretodo, por su paisaje increíble. Gracias Tarija, os llevamos en el corazón.

vistas de La Paz desde El AltoLa Paz

No ha sido fácil llegar hasta La Paz, como no, en época de lluvias hay eso, lluvias infinitas que agotan al mejor equipado. Si esto se adereza con los más de 4.000 metros de altitud, el resultado es estar tiritando, húmedo y cansado todo el viaje. Pero hay que llegar y así fue. Gracias a nuestro amigo  que nos vino a buscar en su Harley comimos en un rico restaurante en la carretera y entramos en calor. Menos mal. Dormir en el frío Oruro y volver a ponerse uno todo húmedo es horrible, pero con el estomago caliente, que me echen lo que sea…y así fue. La granizada con la que La Paz nos recibió fue monumental. La carretera se ponía blanca mientras el dolor en mis manos por las bolas de granizo era cada vez más grande. En esos momentos ni guantes de cuero, ni cubre puños ni ná, dolor y más dolor además del miedo a “resbalar”.

 

 

 

 

 

 

Pero como no hay mal que cien años dure, llegamos al precioso hostal donde Mariana Machicao, nos esperaba. Este hostal se llama “Mi Casa” y en él nos hemos sentido como en tal. Las vistas desde El Alto, son impresionantes y te dejan adivinar lo que allá abajo se cuece. Una ciudad llena de rincones y lugares de gran historia.Los siguientes días de la semana que hemos estado en La Paz han sido tremendos, medios de comunicación a los que ir a contar, una gran cena de bienvenida con el grupo más “salao” de La Paz, el de Harley, que el último día nos obsequiaron con una bonita piedra tallad a mano y que llevo en mis maletas hasta España pese al peso, jeje. Nos hicieron compartir cena y re-cena, con un grande, el piloto boliviano del Dakar Walter Nosiglia.

Pero nuestro destino no era la Paz, sino Los Yungas, aunque parecía que el tiempo no nos dejaría llegar nunca. La primera intentona: subiendo la cumbre a más de 4.600metros de altitud comienza a descender la temperatura, 5, 4, 3, 2, 1 grados centígrados. La cosa comienza a ponerse fea cuando la lluvia se transforma al bajar a los 0 grados en nieve. Bueno, un poco no  importa, pienso mientras un capa de copos se posan en la visera de mi casco.

nieve

Bueno, sigo pensando unos kilómetros más allá, un poco de nieve en el cuerpo, hace de térmica y no me entrara más frío…bueno, los pies ni los siento, pero al bajar seguro que hace un sol brillante y se calientan…pero no, mis pensamientos son parados por Andrés, que detiene su moto frente a la mía, me hace una seña de “voy a mirar un poco más adelante, espera” y a los quince segundos vuelve pidiéndome que regresemos, la cosa está muy fea al otro lado y cae vez nieva más. En un viaje largo, ser precavido es lo mejor para mantenerse sano y con la moto enmarca. Decidimos volver, ya atacaríamos Los yungas en otro momento…

Y vuelta a empezar, comida aquí y charla allá. Y siempre llegando a casa de Mariana “Mi Casa” un hostal que es un oasis en La Paz, con frutales, huerto, bonitos pájaros y la amistad y charlas rodeando la mesa de esta casa, de esta familia que nos acogió como una parte más.

Recomiendo a los viajeros pasar por este hostal y agradezco a la familia Machicao sus historias, sus tardes de té y todo el cariño que me han dejado, lo llevo en el corazón.

Y de nuevo a Los Yungas, esta vez llegaríamos, pero eso, es otra historia…

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Pasamos casi una semana por Sucre, esta bonita ciudad fundada por los adinerados  de Potosí que la dotaron de iglesias y conventos, casas señoriales con patios y fuentes y una arquitectura maravillosa. La llegada fue fantástica, tras una tormenta que dejaba el aire puro y el frescor necesario para poder disfrutar de un paseo en moto.

Salimos de Potosí, bajamos más de 1.000 metros de sus 4.000 “y pico” tras haber probado una de las sopas más ricas del mundo, la Sopa del Inca; una mezcla de harinas de trigo y maíz, con patata, trocitos de carne, ají, perejil y algo más que no conseguí distinguir. Pura energía. Una sopa que se prepara en un puchero, a las brasas y después se calienta de forma milenaria, con una piedra volcánica caliente que se hecha en el interior y hace que hierva de nuevo esta sopa casi crema.

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Tras dos horas escasas de curvas y bajadas llegamos a Sucre. Me senté en el banco de la plaza y acabé conversando con una señora, profesora, que me contó lo complicado que es favorecer políticamente a unas y otras clases sociales, a las gentes del campo y la ciudad, a los más pobres y a los más ricos.  Ella era quechua, hablaba español y su propia lengua y había prosperado lo suficiente para adquirir cultura y sapiencia. Pero, ella me contaba, que hay muchos aún que viven en el campo, casi aislados, que las lenguas son más de cien y que es difícil que llueva a gusto de todos. Estaba contenta con la gestión de su Presidente (en otros casos ha sido lo contrario) y deseaba que no se perdieran las raíces de su pueblo.

Sucre, plaza principal, edificio de la Libertad iglesia sucre

Unas raíces originarias que muchos deberíamos contemplar alguna vez. Unas raíces y cultura anteriores a 1.492 y el descubrimiento de América. Nos reímos y la conversación terminó en tópicos como “lo que nos habéis robado los españoles” y “Al menos dejamos esta bonita arquitectura allá donde pasamos” y las dos, tan contentas.  Esas cosas pasaron hace mucho tiempo, la forma de ver la vida, los derechos humanos etc no se contemplaban, era distinto, y de eso ni yo ni mis contemporáneos tenemos la culpa. Aunque deberíamos, eso sí, interesarnos más por aquello que perdura de cada pueblo con el que tenemos al menos, el idioma en común.

Camino a Marawa

Camino a Marawa

Los alrededores de Sucre nos regalaron unas jornadas de of road impresionantes con unos paisajes ya difíciles de olvidar, clavados en mi retina. Grandes bloques de granito, montañas con terrazas de cultivo, valles a más de 3.000 metros de altitud y toda una red de caminos de tierra para llegar hasta el lugar más escondido y recóndito. Allí donde la agricultura y la ganadería tienen su razón de ser para la supervivencia del ser humano.

Reflejo en el salar

La 1ª Maravilla del Mundo

De Sucre subimos hasta Potosí (3.990m ) y de allí bajamos de nuevo a Uyuni (3007m), por donde no pasamos al estar diluviando. Esta vez y por arte de mágia para el paso del dakar, la lluvia cesó, aunque el salar estaba inundado. El pueblo de Uyuni es de lo más feo que he visto en este viaje.; calles destartaladas, llenas de agua y barro, casas descoloridas, algunas casi abandonadas y un centro con un solo reloj que se alza protagonista entre tanta mugre. Un bulevar repleto de restaurantes y tiendas de artesanía esperando al incauto turista. Unos hoteles y hostales, moteles y casas de huéspedes feas, sucias, descuidadas, a unos precios que triplicaban lo normal por el paso del famoso Rally. 150 bolivianos una habitación con “baño”, por persona, un asco carísimo que me sorprendió, aunque más aún lo hizo los 80 d´lares que pedían en un hotel venido a más por unas habitaciones canijas en las que i se podía abrir las ventanas. La risa que me dio en la cara de la recepción era totalmente real, me pareció un engaño. Pero todo lo feo de este pueblucho desapareció de mi cabeza cuando al segundo día pude llegar hasta el salar. Cuando llegué a la orilla mis ojos se abrieron más que nunca, realmente estaba en el cielo, sobre las nubes. El paisaje es irreal, blanco y azul, claro como la nieve, con un espejo plano y perfecto en sus orillas. Los coches comenzaron a agolparse y la gente salía a saludarnos pensando que veníamos del Dakar.

Dos BMW hacia el hotel de sal

Y llegó el momento increíble de entrar con la BMW, Paca, en el agua salada y acelerar suavemente hacia el interior. Si dejabas de mirar al horizonte te mareabas, solo veías el agua cristalina y un fondo blanco delante, sin referencias algunas de velocidad (solo las salpicaduras que llegaban hasta mi casco). Poco a poco, como a los 5 km, el agua comenzaba a bajar, o el suelo salado a ascender, para rodar sobre una superficie de hielo, pero a más de 30 grados y sin ser tan resbaladiza. Estaba ya muy cerca de cumplir uno de mis sueños, algo que desde hacía muchos años tenía como meta: hacer una foto con la moto en el salar. esa foto que había visto una y mil veces en las portadas de los libros de viajes de Gustavo Cuervo, en las fotos de los blog de otros grandes viajeros y que yo estaba dispuesta a emular.

Dos BMW y banderas en el salar

Y si miraba a mis lados veía a unos amigos que me acompañaban, que disfrutaban tanto como yo, Andrés, Nazareno y el Sueco (que no me acuerdo del nombre) que venía mucho más atrás, muerto de miedo por la sal y el agua. Y allí estábamos en un momento mágico, rodando un al lado de otro, sin miedo, sin referencias sobre la velocidad, con un horizonte blanco, arriba y abajo, con la sal de la Primera Maravilla del Mundo bajo nuestras gomas. Mi sonrisa interior esa más grande que la exterior, con los labios escociéndome por la sal y resecos del sol. Estaba haciendo algo con lo que había soñado. Para mi, Bolivia ya me había dado todo.

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Cementerio de Trenes y comida solar

Ha sido el lugar más raro de Uyuni. Un cementerio de trenes que parecía un parque de atracciones atestado de turistas que llegan en 4×4 a las afueras dedeo pueblo. Un montón de hierros oxidados y algunos pintados, con columpios hechos del deshecho de estas máquinas y sus vagones. Un lugar raro para pasar unos minutos, antes de que la marabunta nos cercara y comenzara la ronda de fotos, ya obligada y animada por el Dakar, cada vez que parábamos.

Respecto a la comida solar es algo que me agradó y sorprendió y que por tener poco tiempo no pude indagar más, pero me encantó. Una serie de hornos solares guardaban en su interior pollos, guisos, pasteles y verduras, un fino olor salía de algunos de ellos. Una iniciativa de los estudiantes que pasaron por Colchani, el pueblecito anterior al salar de Uyuni. Un antiguo apeadero de aquel tren que llevó el oro blanco hasta los confines de América.

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Y de nuevo en el feo Uyuni en el que descansar el sábado fue imposible al haber llegado al gran fiesta del Dakar. Fue divertido encontrarnos el jueves con tres franceses y uno de pelo blanco Muy Conocido, al que le enseñamos nuestros vídeos del paso por el salar y que desesperado al ver que el agua cubría hasta nuestras ruedas y pensando en alto “por ahí a más de 40 km/h no se puede pasar” se subía a un helicóptero y sin darnos las gracias, decidía cambiar el trayecto de paso por el salar.

Apeadero de Colchani

Si, nuestra aventura en agua salada bien filmada sirvió para que el francés se desesperara y cambiara una de las etapas reinas del Rally, eso queda en mi memoria. Lo siguiente enlaza con la próxima historia. El día de irnos, después de aguantar toda la noche un concierto hasta las 3 de la mañana, con sus fuegos artificiales y berridos varios, invitamos a nuestra mesa a otros motoristas, a tomar un café y charlar. Nos invitaron a conocer su tierra, “La Andalucía Boliviana” Ni cortos ni perezosos aceptamos.

No sabíamos lo que eso, nos iba a deparar…

Si quieres ver el vídeo del Salar, pincha aquí. VIDEO SALAR DE UYUNI

 

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Esta es la historia de los días que hemos pasado en Sucre.

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Sucre es una de las ciudades mas bonitas del Mundo, no lo digo yo, lo dice el haber sido nombrada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1991. Es curiosa su historia, ya que abarca la de su propio país, Bolivia. Sucre es una ciudad tan importante como que en ella comenzó la independencia de todas las colonias, virreinatos y demás tierras americanas que estaban bajo el mandato de España. Fue el primer Grito Libertario al que el resto de territorios subyugados a la Corona Española siguieron.

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Fue una ciudad de varios nombres, rica en plata y minerales y siempre deseada por Portugueses, Franceses y antes por los Incas y otros pueblos originarios de estas tierras. En su historia hay algo que me encanta, ciudad impregnada bajo los ideales de la Ilustración, culta, donde se escribió la Constitución de la república de Bolivia, una  mujer, Juana Azurduy de Padilla, conocida como Juana de Chuquisaca, tomó la cabeza de la resistencia a la muerte de su marido viendo sus sueños de independencia cumplidos. Una brava mujer educada en uno de los tantos conventos más importantes y cuyos restos descansan en el aula magna de la Universidad Jesuita, el mismo lugar donde se firma el acta de independencia de este país.

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El nombre de Sucre lo hereda de un héroe venezolano, Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre. Pero a lo que voy, que quien quiera más historia que lea en la wikipedia. Entre las casas blancas de estilos andaluz, vasco o gallego (recorrer sus calles me recuerda trocitos de mi país) se encuentran iglesias, conventos, colegios y las hermosas casas coloniales, con tres patios y jardines retirados del ruido de la ciudad que te llevan a el nirvana tras un largo paseo en moto.

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Y paseando paseando nel olor a rica comida llega a nuestra nariz, es un restaurante y agencia de turismo, todo en uno. Nos asomamos y allí entre mesas de madera y altos techos, decorado con los colores de los aguados (telas de transporte) bolivianos, leemos un cartel que nos llama la atención: “negocio sin ánimo de lucro”… ¿es eso posible hoy en día? Entramos a comer, vamos a ver que significa esto. Entre deliciosos platos vegetarianos, un servicio cariñoso y una  veloz conexión a internet, conocimos a Romina y Randall, una suiza y un australiano que llevan el restaurante y la agencia de Trekking. Charlando nos enteramos de qué significa esto: no se enriquecen, dan trabajo a las personas de las comunidades de la zona donde hacen las caminatas y ayudan con lo que sobra tras pagar arriendo, comida e impuestos a estas comunidades, con escuelas, material y mucho, mucho amor.

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Romina es vegetariana, alta y guapa, joven y con un alma tan tierna que no es capáz de matar un mosquito, literal. Randall es un australiano con más de tres vidas en su cuerpo delgado, amante como todos los de esta isla-continente, de la naturaleza y el deporte, sin olvidar el pasarlo bien con los amigos. Y así conectamos con esta curiosa pareja, con la que nos fuimos  descubrir el lado más bonito de Bolivia en un día que la lluvia nos dejó en paz.

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Mas de 100 km off road entre montes y colinas, pasando puentes de hermosos ríos, parando delante delos rebaños de cabras y ovejas, admirando el paisaje de un gran circo natural con forma de cráter hasta llegar a Marawa, el pueblecito en medio de un paisaje espectacular donde pasearon los dinosaurios en esas épocas. Un buen picnic y lo más divertido del día: la BMW de Andrés queda engullida por un bancal de barro, donde nos demoramos más de 30 minutos en rescatarla, con ayuda local y todo. Divertido hasta decir basta un día increíble, con unas personas que merecen la pena, que te enseñan que el mundo no está perdido y que no hay que ser avaricioso para ser feliz.

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La jornada termina con una especialidad: la tortilla de patatas que enseño a hacer a la cocinera Andrea (del mismo Marawe) entre anécdotas de crecidas de río y ovejas perdidas. Espero que puedan servir este delicioso plato que llevo allá donde voy, regalando así un legado español que no quedó en estas tierra.

 

Les deseamos lo mejor en sus vidas, gracias a Romina y Randall por un día maravilloso.

Si quieres visitar este lugar, hazlo en FB: Cóndor

O en su página web: Café www.condortrekkers.com

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Comienza el camino de tierra

Estamos en la región de Valparaíso y realmente este nombre suena bien, vamos a hacer la ruta desde Santiago de Chile a Los Vilos  en la costa. Lo de Valparaíso suena tan bien como la realidad, los amantes del off road en este país, Chile, tienen campo para hartarse. Este fin de semana hemos preparado (bueno, me han preparado) una buena ruta, de nivel 1, es decir, que ha sido “facilito” el camino. Comenzamos en Santiago de Chile por la Ruta 5 hacia el norte. En unos 100 km salimos de la autopista y pasamos a carretera, mucho más divertido por las curvas y entretenido por la cantidad de pueblecitos y gentes que vemos por el camino.

 Sobre puentes de madera

Tras otros 60 km de curvas y pequeños puertos llegamos al desvío que nos interesa, puro camino de tierra. Van a ser menos de 100 km, aunque vamos a tardar más de tres horas en recorrerlos. Estoy notando varias cosas, la moto es nueva y aunque similar a la mía, la nueva F 700 GS se conduce de manera distinta; el doble freno delantero hace que suelte la maneta derecha por completo, la frenada es mucho más fuerte y no me interesa caerme por una frenada en seco, por otro lado,  es más alta que la mía y eso tiene una ventaja y un inconveniente para mi. Ventaja: voy mucho más despreocupada de lo que pisan mis ruedas, para golpear el cubre-cárter (protegido y mucho por Touratech) tengo que pasar por encima de piedras muy grandes. Inconveniente: no llego al suelo y en según que momentos en los que necesito echar pie a tierra me entra el mieditis… menos mal que en el fondo, se que voy segura ya que este viaje está completamente asegurado por Generali. El león alado que me acompaña y guía desde la delantera de mi BMW.

Subiendo los caracolillos

El camino es genial, largo, polvoriento, con zonas de tierra roja, zonas de tierra suelta y finita, alguna bancada de arena nada profunda, rectas interminables entre cactus y cardos gigantes y al fondo, una colina que debo subir. Paramos para hacer fotos y vídeo, paramos para respirar aire puro, para descansar los brazos y beber agua, el calor es elevado, más de 35 grados, ¡esto es el desierto! La colina cada vez se acerca más y se que ahí, voy a pasarlo mal. Pronto tengo que afrontar esta subida, es estrecha, con curvas reviradas en pendiente y con mucha arena suelta en el centro de ellas. Subir resulta más o menos fácil, la moto va cargada con la tienda, mi ropa y el material de emergencia como herramientas y un kit anti-pinchazos, “Paca” que es como la he bautizado en honor a mi fallecida abuela, se comporta perfectamente, sube con brío en segunda. Cuando por fin corono la colina, veo lo que me espera. Bajada, mucha bajada hasta el valle. Una bajada con “caracolillos” como los que acabo de subir, y esto me da mucho más miedo que la subida. He perdido mucha práctica tras seis meses en España casi sin tocar la tierra y esto me está pasando factura. Los Continental TKC 80 son perfectos para este terreno pedregoso y arenoso, pero mi pericia como piloto off road está disminuida, que ganas de volver a coger confianza y dar más gas!!.

hacia el desfiladero

Andrés me explica la técnica en estas curvas en bajada, por el borde, despacio, rozando el freno trasero…me tiembla el cuerpo, el precipicio que hay a mi derecha es muy grande. Miro al centro de la curva, me paro. Esta vez necesito ver como baja Paca, sin mi. Andrés que es todo paciencia se sube sobre ella, ahora mi BMW parece una bicicleta. Poco a poco me explica la posición del cuerpo, de la vista y de la moto. Baja la curva tan fácilmente que mi miedo parece estar fuera de lugar.

De nuevo subo encima de Paca y continúo, la siguiente curva revisada en bajada es mía, trazo bien, freno mejor y lo supero, ya está, me digo. He aprendido la técnica y ahora la práctica.Tras el puerto llega el valle y con él un tramo de asfalto entre fincas con sus perros guardianes. Gracias a Dios los árboles cubren con sus sombra esta parte y nuestro cuerpo desciende unos cuantos grados de temperatura.

Saliendo del túnel

De nuevo otra subida, ahora, me dicen, vamos a pasar dos túneles muy estrechos, el primero está asfaltado, el segundo no. Es divertido, es tan estrecho que hay que esperar fuera a que un semáforo nos permita el paso para no colisionar con alguien que venga en la otra dirección. Mientras, tomamos cerezas de un puesto que inteligentemente está bajo el semáforo. Tras seis minutos de espera, entramos en el túnel, de uno en uno. Es largo y a la derecha corre un canal con agua. Se tarda más de un minuto en cruzarlo. Al poco, el asfalto desaparece y volvemos a subir por una pista bastante ancha y de duro firme. Al llegar al segundo túnel me avisan: no está asfaltado, ojo con el lado derecho que puedes caerte a la zanja con agua. ¿Y si viene uno de frente? aquí no hay semáforo. La solución es parar o seguir si has entrado antes.

Borriquitos salvajes

Me río para mis adentros y espero no tener que hacer ninguna maniobra dentro del angosto túnel. Primera, segunda y para delante. Los ojos se acostumbran rápido a la oscuridad desvelada por las largas de mi faro delantero. El firme es muy irregular, paso varios socavones. Al fondo veo la luz, delante veo unos agujeros gigantes llenos de agua y rodeados de gravilla, acelero, no se si son profundos o no, pero no quiero caerme dentro para comprobarlo. Paso por ellos salpicando, me mojo las piernas y hasta el casco. Tras el tercer agujero inundado, salgo del túnel, ¡prueba superada!. Continuamos el camino por una pista sencilla que nos permite encontrarnos con cabras, burritos y algunos 4×4 que suben hacia nosotros. En menos de una hora llegamos al pueblo costero de Los Vilos, donde nos esperan con un asado al estilo chileno.

Un poco de diversión, y miedo

El fundo (finca) es enorme, dispone de 10.500 hectáreas de terreno, “hasta donde te llega la vista” me dice su dueño. Es un lugar muy agradable, sobre la montaña y con unas buenas vistas al mar. Aquí no te puedes aburrir, me enseña los caballos que sirven para los rodeos chilenos donde estos équidos y sus jinetes acorralan a la res contra las paredes de madera del ruedo. Son unos caballos que corren de lado, algo muy raro, esta raza la quieren instaurar ahora y sería la raza chilena, no muy altos y si muy fuertes. Disfruto con los caballos casi tanto como con mi moto. Los perros se a cercan a nosotros. Alrededor del ruedo hay un circuito de cross y tres pequeñas motos de 250 cc con las que divertirse. La primera en conducir una de estas motos es Marcia, una chilena con la que he entablado una buena amistad, nos unen las motos y los kilómetros, ella ha recorrido el norte de Suramérica en una Transalp primero y más tarde en una 1200 GS, en solitario. Que te pasen por encima con una de ellas, en medio de un salto, da más miedo que risa, aún así accedí a que uno de los pilotos de estas motos, lo hiciera.

Caballo de raza chilena en Los Vilos

El fuego saca los ricos olores de la carne que está en la parrilla y nos sentamos a cenar. Ha sido un duro día. Tras la rica cena con un vino chileno excelente mis huesos quieren para en algo blandito. caigo rendida en la cama no sin antes intentar charlar con todos los que reunidos en la sala de estar charlamos sobre el buen día que hemos pasado. Las BMW, las KTM (siempre en perfecta discordia sobre las aptitudes de cada montura)

Al día siguiente retomamos la ruta, pero parando en un pueblecito costero, Los Molles, donde vamos a tomar una rica empanada de marisco, estas empanadas son como una empanadilla a la española, pero gigante y la rellenan de queso con todo tipo de marisco (que para ellos son los distintos tipos de almejas y los camarones) me pido una de esto último mientras observo a un perro que parece ver la televisión, particularmente un programa de gastronomía. Tras un baño en esta parte del océano de agua cristalina y helada,  salimos por la Ruta 5 camino a Santiago.

Mientras comemos, veo como uno de los tantos cánidos que hay en esta parte del continente; asilvestrados, abandonados, unos con pulgas y garrapatas otros con un collar que hace mil años alguien le puso, unos bonitos, otros feos, grandes y medianos, pequeños y de mil colores…(por cierto desde aquí hago un llamamiento para si alguien conoce la manera de que obtenga mil collares antiparasitários, prometo ponerlos en mi camino).. como está mirando a los que comen, pendiente de cualquier miga que caiga al suelo.

generali y los Molles

 Ha sido un gran fin de semana, gracias a Marcia y Christian por la invitación a compartir con sus amigos y al trato exquisito por parte de Eduardo y su familia.

PD. Ah! el león alado sigue sano y salvo, ¡ni se ha manchado de barro!!

 

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