Alicia y su BMW trabajando en La Cumbre

Habíamos intentado cruzar el puerto una vez, pero la nieve no nos permitió el paso, y aunque hubiésemos pasado, no sabíamos si podríamos volver. Pero esta vez lloviera  o nevara, teníamos que pasar.

EL puerto de La Paz es precioso, y el el alto tiene una gran cruz. Allí las gentes hacen sus ofrendas a la Pachamama (a la Madre Tierra) y la verdad que te sientes tan pequeño en la inmensidad de esa montaña entre las paredes de piedra, con la nieve recién posada a modo de alfombra inmaculada, con las cascadas que caen del deshielo de sus cumbres más altas con forma de velos largos de gasa suave, que en bajito, para mis adentros, también di las gracias por permitirme contemplar semejante espectáculo, esta vez y a diferencia de la tarde anterior, sin nieve ni lluvia. Subí hasta la gran cruz respiré hondo, miré, contemplé y volví a bajar. Ahora si que si. Arrancamos las dos BMWs y salimos cuesta abajo adelantando autobuses y camiones. La carretera es, y lo repito una vez más, espectacular.

Disfrutando de las vistas de la carretera

Y seguimos bajando el puerto con una débil lluvia que no me provocaba aún ponerme los pantalones de lluvia, hasta encontrarnos un largo túnel que atravesamos despacio, y ahora si y ante la inminente salida a modo de cortina de agua en su apertura, parando dentro para ponerlos la ropa de lluvia. La niebla comenzaba a pegaste al suelo,  “niebla meona” como decimos en mi casa cuando la niebla moja mucho. Poco a poco el clima pasaba de seco a húmedo, de frío a más cálido y la vegetación se hacía densa y más verde. La carretera y sus puentes, uno detrás de otro, curva a curva, descendían dejando ver un enorme valle entre colinas. el color predominante el verde en todas las tonalidades, desde las más claras a la más oscuras sin dejar lugar al marrón o al negro. Unos metros más abajo se intuía un río, el que lleva todo el agua que hace que todo sea tan verde. La niebla subió (o nosotros bajamos lo suficiente) encontrándonos con el primer obstáculo del camino. La carretera tapada por un montón de tierra de un desprendimiento, mezclado con el agua de un arrollo vertical, produciendo un barro resbaladizo y nada recomendable, y menos (según lo veo yo) con los gigantes camiones que vienen de frente, las furgonetas de pasajeros a modo de microbuses cruzándose por detrás, delante y los lados, sin avisar y más y más agua corriendo por todas partes, por las huellas del camión que acababa de pasar o por las huellas imborrables de todos los vehículos que llenaban circulando por ahí desde el amanecer. Volví la vista arriba, abajo y le pedí a la Pachamama que no me atrajera al su embarrado suelo.

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La verdad, he de confesar que soy miedica hasta que me doy cuenta que mis neumáticos son geniales (unos Continental TKC80) y que mi moto no se cae,  y que puedo hacerlo,  y que si no me he caído ya en otros sitios peores…(mientras pienso todo esto, paso y ya está). Cuando termino repensar en todo eso, ya he pasado por el barro, esquivado los camiones, esquivado las furgonetas a modo de microbuses, pedido perdón por todos mis pecados y rezado partes de una oración e cuando era párvula que casi no recuerdo.  De nuevo en el asfalto que a tramos se convierte en un incómodo adoquinado de piedras extraídas de una pared no muy lejana, que pretender ser adoquines de extrañas y caprichosas formas y que no lo consiguen. Poco a poco y de nuevo cuesta arriba llegamos al cartel de “Corico”. A la derecha una increíble ciudad suspendida en lo alto de la montaña. Preciosa, multicolor y con pinta de alegre. Tanto descenso (de 4.680 m a menos de 1.000m) nos ha dado hambre, mi compañero (Andrés) y yo decidimos afrontar la Carretera de la Muerte con el estómago lleno, por lo que pueda pasar, que nunca se sabe y casi siempre pasa. Pero antes, gasolina. En la estación de servicio de la carretera no había (o no nos quieren servir, que ya es algo normal en nuestro periplo por Bolivia) pero como hay otra en la subida al pueblo nos vamos sin más problema, ni preguntar, pero al llegar a la gasolinera, unos conos advierten de no pasar (yo los paso, claro) y tras atravesarlos una mujer le dice a Andrés que no hay gasolina hasta el martes. Yo aprovecho para hacer una bonita foto del pueblo que cada vez se me antoja más bonito…y alegre.

Pues nada, no hay gasolina, vamos a comer y a ver qué se nos ocurre.

Mientras comemos pensamos en quedarnos, pero hasta el martes que se supone llega la gasolina (es sábado) nos sale más caro el hotel que la gasolina amperio de Europa. Desde Coroico hay unos 80 km hasta el puerto de la Paz, luego es cuesta abajo. Con mi gasolina, llego, pero la F 800GS que gasta un poco más y tiene un poco menos no nos arriesgamos a que se pare en el ascenso y  menos plan tenerla que remolcar en medio del puerto. Tras la comida buscamos una solución preguntando, que como dice mi madre, se llega a Roma. Y así nos enteramos que los taxistas guardan bidones por “si las moscas”. Nos venden unos litros a 10 bolivianos, más caros que el oro, pero no queda otra. Lleno 8 litros (suficientes) y por fin, llega el momento de recorrer una de las carreteras míticas del continente suramericano.

antes de caer en el vadeo

Lavando los calcetines en el río.

Si, así he comenzado esta carretera, empapada. Y lo peor no ha sido caer en un vadeo (profundo pero estrecho), no ha sido ver un cartel de “prohibido lavar vehículos” al lado de un camión que lo estaba enjabonando. No ha sido morirme de vergüenza ante la cámara, no ha sido cabrearme con Andrés que seguía grabando mientras mis maletas sumergidas en el río se hundían más y más…ha sido notar ese agua helada en mis dos botas y por ende en mis piececitos , como si hubiese querido lavar mis calcetines con ellas puestas. Y no es por mojarme y escurrir calcetín, es por los máximo de tres grados que hace en la ascensión hacia La Paz;  es por que mi moto lleva calienta puños, pero no plantillas calefactadas, es por que tengo un catarro, que ya no me lo quita nadie y eso que no fumo. En fin, que al rato se me pasa el cabreo, escurro en tres ocasiones los calcetines (para colmo, los más gorditos), escucho a Andrés darme una lección magistral de llevar siempre ropa de repuesto de mala gana (me hubiera encantado saber si él llevaba los dichosos calcetines de repuesto) y comienzo a disfrutar de esa sinuosa y estrecha pista de tierra y piedras con cataratas que te caen encima llamada Camino a los Yungas y reconocida mundialmente como Carretera de la Muerte.

En El Camino a los Yungas, secandose los calcetines

El camino es espectacular, pero no da tanto miedo como promete su nombre. Primero por los relucientes quita miedos de acero que hay en cada curva y después por la niebla que vuelve a ser compañera que no nos permite sentir el vértigo de los imponentes barrancos ya que no los vemos. Bueno, un poco de miedo si he pasado al atravesar alguna catarata y por no mojarme mucho arrimar demasiado la rueda a borde de la carretera, a unos centímetros de caer al vacío por no mojarme más de lo que estoy…Y glup! sin niebla, el barranco acojona. Y entre curva y cubra y banco de niebla, foto. Pocas, que empieza a diluviar. Así que disfrutada esta carretera mítica, pasada y repasada en un día de medio sol, llegamos a la carretera de asfalto, nos despedimos de los Yungas y volvemos a La Paz para continuar un viaje de una manera mágica: La Isla del Sol en el lago más alto del mundo: el Titicaca.

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pensamientos de 15 \"El Camino a los Yungas\"

  1. hola Alicia,en sepimbre del 2013 hicimos Jujuy,La Paz en moto y luego bajamos en bici el camino de la muerte.Todo como tu cuentas,niebla ,precipicio ,cataratas.Te felicito por tu entereza y motivación.un abrazo de un motero con 62 primaveras.

  2. Hola Alicia, cordial saludo desde Pasto-Colombia, felicitaciones, vaya manera de exprimir la vida viviendo y contemplando nuestro mundo desde las dos ruedas a motor, soy un motero recién iniciado en my versys 650 y con el firme propósito de seguir la senda, oye lo del libro no lo heches en saco roto, a muchos nos seria de gran referente, un abrazo,

  3. Sigues siendo mi heroína, muy valiente y muy altruista al compartirnos tus aventuras. Me sentí en esos lugares y hasta con los pies mojados. Avísanos cunado escribas el libro de tus moto aventuras por el mundo para salir a comprarlo

  4. Podría comentar muchas cosas, pero yo me he quedado con lo valiente que eres Alicia, hay que tener mucho valor para subirse a una F 700 y hacer lo que tú haces con ella y más siendo una moto que no es la mas propia para hacer estas cosas y con todo lo que pesa, pues lo sé de sobra al tener una igual, si bien es cierto y tú lo sabes de sobras, hay que llevar ropa de repuesto, yo mismo siempre la llevo, en todo caso dejarte unos calcetines y unas camisetas todo un placer entre moteros!!

  5. Ole Alicia, muy bueno, las fotos, comentarios, etc continuas sorprendiendonos cada vez que publicas algo y menuda carreterita que has dejado atras. Mucho ánimo.
    Por cierto, que razón tienes lo de llevar unos buenos neumáticos, en eso no hay que escatimar nada, uno solo se acuerda de ellos cuando realmente los necesitas, y esa seguridad que te dan en ese instante…..no tiene precio…jejeje

    Saludos

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